
Salí de la habitación. Salí de la casa. Salí de la calle. Fui al parque.
Llevaba un discman y mi celular. Era una noche fresca. El lugar lleno de parejas: Casi todas cobijándose en la oscuridad, con algún resplandeciente de luz. No me incomodé. La llevaba a ella, mi fiel acompañante. Tal vez sea algo egoísta. No revelaré su nombre. Sólo que me transporta a un lugar tan celestial lleno de un éxtasis insospechado, mientras caminaba por los alrededores observando a la gente, los hogares, los coches, los árboles, las reuniones, los detalles, todo. Siendo muy minucioso, seguía a mi lado. Era poco común la combinación de sentimientos, ideas e imágenes que tenía al momento. Paré mi andar, luego de varios descubrimientos. Me senté en una banca, y quise preservar para la posteridad algo de ese día. Mi sesión de fotografías duró unos cuantos minutos. Luego de extrañarla, me le acerqué de nuevo. Fue decisión propia. Yo elijo cuándo es oportuno convivir con esa musa. Ese arte que me extrae una diversidad de gestos. Ya estaba a punto de abandonar el recinto ajardinado, y anhelé dejar mi huella, como agradecimiento por tan mágicos instantes. Era lo único que podía obsequiar: una sonrisa. Me alejaba. Iba de su mano. En cierta forma, podría aceptar que yo la controlo.
Veía las rejas de las casas de los vecinos. Luego las de la mía. Entré, volteé, y aún seguía presente la experiencia, a sabiendas que al parecer ya se había extinguido.
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